En el camino del crecimiento oímos constantes elogios a la perseverancia. Parece que basta con apretar los dientes hasta el final para abrir la puerta de la felicidad. Cargamos con expectativas y, aunque estemos agotados, nos decimos: «Aguante un poco más».
Sin advertirlo, ese esfuerzo puede convertirse en una cadena invisible. Puede traer inquietud, insomnio y noches en las que sentimos que no podemos más.
Muchas personas temen soltar porque creen que equivale a admitir la derrota o a perder todo el esfuerzo anterior. Pero soltar también puede liberar a ese yo agotado que se aferra desesperadamente.
En esta reflexión, rendirse es una huida pasiva que pierde entusiasmo y valor, mientras que soltar es reconocer los propios límites y aceptar el resultado después de esforzarse. Significa dejar de exigirse perfección, luchar con un pasado inmutable o sostener una apariencia que se derrumba por orgullo.
Al soltar puede descubrir que el mundo no se derrumba. Abrir los puños permite abrazar un futuro distinto.
Si se siente cansado, permítase parar. Esa pausa puede ser sabia. Dígase con cariño: «Se ha esforzado mucho. Ahora puede descansar».
Deje el equipaje pesado y viaje ligero. Quizá avance con mayor libertad por el camino que queda.
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