Muchos se resisten a aceptar porque lo confunden con ceder, rendirse o ser perezosos.
Aceptar puede ser un comienzo de claridad y crecimiento.
Resignarse de mala gana nos deja entre agravio y arrepentimiento.
Aceptar reconoce el presente y permite dirigir fuerzas a reconstruir el futuro.
La negativa a reconocer lo ocurrido puede añadir sufrimiento.
Repetimos por qué salió mal y cómo debería haber sido, sin cambiar el hecho.
Aceptar deja espacio al arrepentimiento, el fracaso y la imperfección.
No abandona el esfuerzo: deja de luchar inútilmente contra lo irreversible.
Reconocer la realidad permite atender a lo que sí puede cambiarse.
Aflojar la lucha con el pasado abre espacio para ajustarse, descansar y comenzar de nuevo.
La resignación deja que la vida nos arrastre.
La aceptación permite ponerse en pie sobre terreno real.
Aceptar puede ser una forma de claridad y cuidado propio.
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