Quizá una de las grandes verdades de la vida pueda resumirse en una palabra: impermanencia.
Las flores de primavera acabarán marchitándose. Las promesas pronunciadas con certeza pueden desvanecerse con el tiempo. Lo que poseemos hoy quizá no sea nuestro mañana. Unas personas se van y otras llegan. Algunas prosperan y otras atraviesan dificultades. El mundo no deja de cambiar porque deseemos que lo haga.
Parte de nuestro sufrimiento nace de creer que ciertas cosas podrían durar para siempre, además de la propia pérdida.
Anhelamos certeza: relaciones estables, riqueza duradera, salud permanente y una vida inmutable. Pero la realidad fluye como el agua: cuanto más intentamos sujetarla, más se escapa entre los dedos.
Así aparecen la ansiedad, el arrepentimiento y el miedo.
Miedo a envejecer.
Miedo a separarnos.
Miedo al fracaso.
Incluso miedo al tiempo.
Después de muchas experiencias de pérdida, algunas personas llegan a una comprensión:
Vivir no consiste en resistirse a la impermanencia, sino en aprender a convivir con ella en paz.
La impermanencia acompaña a la vida, en lugar de ser una excepción.
Las flores se marchitan y las estaciones continúan. La noche oscurece y vuelve el amanecer. Las personas pueden separarse, pero el cariño y los recuerdos no desaparecen necesariamente con la distancia. No controlamos todo lo que sucede, aunque podemos trabajar en nuestra manera de afrontarlo.
Un corazón alegre no significa felicidad constante.
Significa cultivar serenidad interior en medio del cambio.
Significa:
No volverse arrogante ante el éxito ni desesperarse ante el fracaso;
saber apreciar lo que tenemos y soltarlo cuando llega su final;
seguir eligiendo amar al mundo con sinceridad, aun después de conocer su complejidad.
Las personas más fuertes no son necesariamente las que más poseen, sino las que conservan la amabilidad y la luz interior después de las tormentas.
Se suele decir que la felicidad viene de tener más.
Pero con los años podemos descubrir que
la felicidad también nace de aferrarnos menos.
Sin obsesionarnos con los resultados, podemos dar lo mejor y conservar cierta paz.
Sin quedar atrapados en las opiniones ajenas, podemos vivir con mayor libertad.
Sin quedar atados al pasado, podemos seguir avanzando.
La vida es un viaje cuyo paisaje cambia continuamente.
Algunas personas nos acompañan solo en un tramo; ciertas experiencias nos ayudan a crecer. Podemos encontrar sentido tanto en los encuentros como en las despedidas.
Si no podemos conservarlo todo para siempre, al menos podemos cultivar un corazón sereno y resistente.
Mantener la claridad en los tiempos favorables,
conservar la esperanza en las etapas difíciles
y encontrar paz y una alegría tranquila en un mundo cambiante.
Que conserve luz en la mirada después de las dificultades de la vida.
Que siga confiando en la calidez después de comprender la impermanencia.
Y que cultive un corazón alegre en este mundo que cambia sin cesar.
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